










Día tras día, años tras año, en las mañanas y en las tardes, lxs peleadorxs salen de sus casas y llegan al gimnasio. No importa si están cansadxs, tristes, alegres o dichosxs. Se quitan el calzado, entran al tatami, se vendan las manos y se calzan los guantes y canilleras que, vale decir, huelen de una desagradable y particular manera que solo pueden conocer quienes entrenan, y a la que se acostumbran. Estrategias para evitar ese olor son muchas y es un tema de conversación recurrente. Al entrenar, los problemas que rondan el pensamiento deben quedar afuera. Se entra con la mente desordenada y se sale con la mente limpia. Y al ring se sube con la mente fría y el corazón ardiendo.
Detrás de atornillarse los nudillos en la cara mutuamente, fracturar narices y tibias, moretear muslos y ojos, hay impensadas y hasta misteriosas dinámicas. Todx peleadorx que se precie de tal, independiente de su nivel y su experiencia, ha dicho alguna vez: “este deporte me salvó la vida”. A mí también me salvó. A todxs nos ha salvado de algo distinto y, curiosamente, a través del dolor que infringimos y recibimos, nos vamos reparando. Vamos suturando nuestras heridas más arraigadas, las purificamos sobre el ring y, sobre todo, en todas las horas que a esto le dedicamos.
“No te lo podría explicar en palabras”, me dijo una vez un peleador luego de ver una foto que yo tomé de su triunfo. Y yo ahí entendí: no hay palabras para describirlo. Por eso tomo fotos.
Me es difícil decirlo, me es difícil incluirme en ese nosotrxs, aún cuando he vivenciado en carne propia el cansancio de entrenar de lunes a sábado, el hambre y la sed para dar el peso, la adrenalina de pelear, los llantos de frustración al perder, la inconmensurable alegría de ganar. Las fotografías que cierran esta serie son testimonios de que, tal vez, sí soy una peleadora.
Está ahí, lo noto todos los días cuando me miro al espejo. Está en mis nudillos, mi espalda, mis brazos, mis piernas. Está inscrito en mi cuerpo, en nuestros cuerpos.