Lucha es mi abuela,
Más bien una niña que recoge papayas en mi jardín. Lleva el alzhéimer en sus ojos hace ya 16 años y el cariño en su sonrisa muda. La conocí así, inocente, escurridiza, sentada entre las flores. La habitación era más pequeña porque eran dos las mamaderas sobre la mesa. El vacío de su pasado y el peso de mi futuro, el desorden en el que vivíamos entre miles de peluches y gatos de todos colores. Hoy sus ojos se van achicando y su piel va llegando a los huesos. Nuestros tiempos fueron precisos.
Éramos la Lucha y yo.